jueves, 7 de mayo de 2015

El mundo es el patio más grande...

La vida es maravillosa. Sin pretenderlo siquiera, acabé en la habitación donde un día me comunicaron que tenía que afrontar el gran reto de la enfermedad. Los recuerdos se agolparon en mi mente y una sonrisa iluminaba mi cara. No tenía miedo, todo lo recordaba con una sonrisa, agradecido por lo que había pasado. Soy lo que soy gracias a todo lo que sucedió. Fue como cerrar cuentas pendientes, volver a encontrarme con personas y en lugares donde había pasado mucho miedo, más bien terror, diría yo...

Y además me acompañaba un libro que justo me regalaron ayer, un libro que no he comenzado a leer, pero que me alegra el corazón por las frases que inician cada capítulo como “No nos enseñan a crecer. Quizá no deberíamos crecer” o “El mundo es el patio más grande que existe”, invitándonos a jugar, o por lo menos yo lo veo así...


El otro día le pregunté a un niño de tres años qué es lo que más le gustaba hacer. Su respuesta fue simple y clara: jugar. No hay más. Venimos a jugar y experimentar este mundo que ya no lo siento tan real...

Cada vez que me hacen una prueba médica visualizo la cara de un maestro, mi maestro, sentados frente a frente, él en una silla y yo en otra, él siempre sonriendo y yo unas veces llorando y otras riendo. Mi caballo ganador, me decía él. Tan agradecido estoy que sigo viviendo de recuerdos, que no de memorias en las que intento analizar el pasado y poder cambiarlo. Son recuerdos que me emocionan, que me hacen reír y llorar, llorar porque siento que me acerco a Dios...

Y después recibo una llamada y la escucho con absoluta claridad cuando aparentemente no había cobertura en la sala. Cosas que pasan, agradecido hasta el infinito. Me siento sano...

Gracias, Gracias, Gracias...

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