Ni uno, ni dos, ni tres sino cuatro fueron los cruasanes que me comí ayer mientras estaba desayunando, ¡madre mía qué gula! Pero más allá de esas golosinas que me permito sobre todo cuando viajo, lo verdaderamente rico es probar cada plato de la gastronomía local y en eso se está llevando el primer puesto el fërgesë, cocinado en una cazuela de barro a base de pimientos, tomates, cebollas y queso, que dan como resultado una base cremosa ideal para untar con pan...
La vida hay que saborearla, siendo conscientes de que no todos los sabores nos agradan, pero nuestra labor como cocineros es coger todos ellos y combinarlos a la perfección para hacer de esta vida un guiso armónico...
Ah, que no he dicho aún dónde estoy, un país con mucho encanto...


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